LAS LAGRIMAS DE LA CERTEZA

Muchos empezamos a cuestionar cuando la tristeza y la tragedia atacan. Y con justa razón. Muchos de nosotros estamos cuestionando y dudando despues de la devastadora tragedia sucedida en Nueva York el pasado fin de semana.

Para los que estamos en el camino de la Kabblah, para los que luchamos por vivir esta sabiduría en presencia de la dificultad, me gustaría compartirles dos historias verdaderas que sucedieron a los grandes Kabbalistas que vivieron hace unos cuantos siglos. Las mantendré tan breves como me sea posible.

La primer historia trata sobre un esposo y su esposa que vivieron en Ucrania hace unos cientos de años. Su único hijo era un niño con una enfermedad mortal y a quien ningún doctor podía ayudar. Su madre oyó de un Kabbalista que vivía en otra aldea, así que le pidió a su esposo que viajara a la aldea y rogara al Kabbalista que salvara la vida de su único hijo.

Inmediatamente su esposo fue a ver al Kabbalista, conocido como Baal Shem Tov. El tocó a su puerta y en cuanto el Kabbalista abrió y saludo al afligido padre, el hombre empezó a pedirle ayuda para deshacerse del ángel de la muerte cernido sobre la cama de su único hijo.

El Baal Shem Tov prometió tratar de ayudar al niño esa noche. Pasada la media noche, el Kabbalista ascendió a los Mundos Superiores y se le rompió el corazón al ver que para este jovencito las puertas del cielo estaban cerradas. No había absolutamente nada que él pudiera hacer. A la mañana siguiente le dijo al padre, que aún guardaba esperanzas, las trágicas noticias.

Como se pueden imaginar, el padre se quebró y quedó devastado. Le rogó al Kabbalista que continuará intentando. Por supuesto que el Baal Shem Tov ya sabía que las puertas del cielo estaban cerradas, pero no podía soportar romperle por segunda ocasión el corazón a este hombre. Así que prometió que lo intentaría una vez más.

Después de que el padre le diera las gracias y se fuera,  una idea extraña cruzó la mente del Kabbalista.  Le pidió a su asistente y conductor que buscaran y trajeran diez ladrones, de preferencia que fuesen los peores sinverguenzas. El asistente quedó asombrado por tan inusual requisito. Después de todo ¿Por qué no juntar a diez hombres santos? Pero el sabía que no podía cuestionar a su maestro.

El asistente recorrió su carruaje con caballo por la aldea y juntó a los diez peores ladrones que pudo encontrar. Cuando llegaron a la casa de Baal Shem Tov, y tras un poco de charla, el Kabbalista les pidió a estos pillos que le ayudaran a generar un gran y poderoso milagro.

A la mañana siguiente, los padres del joven enfermo estaban bailando en el campo y celebrando con su hijo.  Milagrosamente su pequeño de había curado de alguna manera durante la noche.Para cuando llegó la mañana, estaba tan sano como se podía, corriendo y jugando y pasándola de maravilla.

De repente en el campo un carruaje jalado por caballo se detuvo. El conductor del carruaje llamó al padre. Le explicó que el Kabbalista se encontraba dentro del carruaje y que venía a ver como se contraba el joven. Como se podrán imaginar el padre continuaba bailando y brincó a la parte trasera del carruaje y le dio las gracias al Baal Shem Tov desde el fondo de su corazón.

Después regresó al campo a bailar con su esposa e hijo.

El asistente del Kabbalista, desde luego, estaba complacido pero al mismo tiempo había algo que le molestaba.

Le preguntó a su maestro por qué tuvo que invitar a diez ladrones a ayudarlo cuando en su lugar pudo haber invitado a diez hombres justos.

El Kabbalista sonrió. Entonces le explicó lo siguiente a su confundido ayudante. Le dijo que la primera vez que fue al cielo a tratar de ayudar al niño, vio que las puertas estaban cerradas. Cuando al padre se le rompió el corazón y le rogó que lo intentara de nuevo, el Kabbalista no le pudo decir que no. No podía volver a despedazar al hombre por segunda ocasión, aunque sabía que no había nada que hacer.

Tras prometer que lo iba a intentar de nuevo, se le ocurrió la idea de invitar a diez ladrones a su casa.

Esa noche, el Kabbalista explicó, regresó al cielo y por segunda vez trató de ayudar al jovencito. Excepto que, una vez más, las puertas estaban cerradas.

El asistente del Baal Shem Tov estaba ahora aún más confundido. “Si las puertas continuaban cerradas”, le preguntó  “¿cómo fué que tuvo la habilidad de eliminar el decreto de muerte que había sobre el niño?

El Kabbalista sonrío y dijo: “En esta ocasión tenía a diez ladrones conmigo. Ellos allanaron el candado y pudimos entrar al cielo. Así fue como ayudamos al niño a recibir el milagro”.

Este es el fin de la historia.

La segunda historia también trata sobre un padre con un hijo enfermo justo en el momento de dejar este mundo. El entristecido padre visitó a un gran Kabbalista y le rogó que procurara un milagro para su hijo. El Kabbalista hizo usó todas sus oraciones y meditaciones mientras ascendía a los Mundos Superiores pero desafortunadamente no pudo cambiar el decreto ya establecido para este niño. El más elevado de lo ángeles explicó al Kabbalista que este destino en particular tenía que llevarse a cabo como parte de un plan más elevado en el tikun y karma del mundo y que quizá la razón para esto no podía ser entendida en el tiempo presente.

Cuando el padre del niño regresó al día siguiente, el Kabbalista le compartió las tristes noticias. El hombre agradeció el esfuerzo del Kabbalista, pero, por supuesto, se encontraba despedazado y devastado por las noticias. Le deseó el bien al Kabbalista y emprendió el camino en su carruaje mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro.

Cinco minutos después, escuchó el sonido de cascos de caballo trotando en el camino detrás de él. Volteó para ver de qué se trataba y sus ojos se iluminaron. El carruaje del Kabbalista lo seguía. El hombre detuvo su caballo y limpió sus lágrimas mientras el carruaje del Kabbalista se detenía a su lado. El Kabbalista bajó de su carruaje y fue a sentarse junto a él, sosteniendo su mano.

“¿Me trae buenas noticias?”,  preguntó el hombre con expectativa. “¿Acaso ha cambiado algo en los Mundos Superiores?”

El hombre se sintió devastado al ver que no había alegría en la cara del Kabbalista. De hecho, sus ojos estaban rojos, hinchados y llenos de lágrimas.

El Kabbalista apretó con fuerza la mano del hombre y le dijo, “En esta ocasión no pude traerte el milagro que necesitabas, pero por lo menos vine a llorar contigo y compartir tu dolor”. Los dos hombres se abrazaron y compartieron el tremendo dolor y las lágrimas juntos.

Ese es el final de la segunda historia.

De todas las miles de anécdotas que se han registrado en la historia concernientes a los Kabbalistas hasta el día de hoy y a través de todos los años en los que he estado en el Centro de Kabbalah, ha sido un milagro tras otro para aquellos estudiantes y maestros que caminan este sendero. Pero han habido y siguen habiendo momentos en los que nosotros como estudiantes y nuestros maestros, somos llamados a realizar las más dura y los más difíciles actos de compartir posibles.

Sostener la mano de una persona hecha pedazos en nuestras manos.

Dejar esas lágrimas derramarse de nuestros ojos.

Sentir y compartir el dolor desgarrador de otra persona.

Dejar romper nuestros propios corazones como los corazones rotos de aquellos a quienes queremos.

Simplemente llevar apoyo, consuelo y amor y no hacer nada más cuando el la tristeza más devastadora llega a aquellos que queremos. Algunas veces sólo debemos amar, llorar y no hacer nada más.

Este acto doloroso también impulsa nuestro mundo hacia adelante a grandes pasos y con el fin último que todos buscamos en la Kabbala: La eliminación definitiva de la muerte, el dolor y el sufrimiento de este mundo.

Pero hasta que el trabajo se logre definitivamente, y en medio de todos los milagros que vemos o experimentamos, nuestras lágrimas, nuestros corazones rotos y nuestra mano sosteniendo otras, serán algunas veces requeridas por razones que nosotros que no siempre sabremos.

En esto se encuentra el acto máximo de certeza.

En esto se encuentra el acto más difícil de compartir con otro ser humano.

Es la certeza de que nuestro amor, nuestro apoyo emocional, lágrimas y el compartir el dolor indescriptible de otra persona lo que nos mueve hacia adelante a un mundo donde el dolor ya no exista y los sueños hechos realidad son la realidad eterna.

Y, quizá lo más importante, es la certeza firme y compartir profundamente lo que disminuye las dudas en este mundo, especialmente entre aquellos que sufren más, lo que les da fuerza y claridad para encontrar un significado más profundo y experimentar la transformación en un nivel aún más elevado de ser.

Billy Philips

Billy Phillips es estudiante del Kabbalista Rav berg y Karen Berg desde 1989. Ha tenido el papel decisivo de ayudar a que la Kabbalah sea accesible a las masas, trabajando en proyectos tanto privados como públicos bajo la guía del Kabbalista Rav Berg. Ha ofrecido conferencias acerca de una variedad de temas, siendo el más notable la profunda conexión entre Kabbalah, el Cristianismo, el Islam y el mundo de la Ciencia.

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1 Response

  1. Carolina dice:

    Me llego al corazon. Sostener la mano del dolor.

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